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lunes, 16 de julio de 2012

Antidisturbios se quitan los cascos para unirse a los manifestantes.


Algo muy grande está empezando a pasar en España. Un sentimiento de solidaridad, de unidad, de catarsis a nivel colectivo que solo parece aflorar en nuestro país muy de tanto en tanto.


El español, aborregado y apoltronado por naturaleza es, cuando se levanta definitivamente hastiado, herido en su honor, tocado de muerte, uno de los pueblos más guerrilleros y temidos desde tiempos inmemoriales. Así lo confirman algunas de los más grandes episodios a lo largo de nuestra historia.


En estas últimas 72 horas, desde que el fatídico Gobierno de Mariano Rajoy anunciara el enésimo recorte para una nación contra las cuerdas, está volviendo a suceder. Son gestos, momentos. Como en los tristemente recordados días del espíritu de Ermua, en julio del 97, con el asesinato a manos de ETA del concejal del Partido Popular, Miguel Ángel Blanco, que acabaría por marcar un antes y un después en el sangriento devenir de la banda criminal.


¿Recuerdan a los Ertzainas despojándose de sus máscaras con lágrimas en los ojos entre los aplausos de sus vecinos? Hoy, hemos vivido un flash back... y ha vuelto a suceder. En plena manifestación (la enésima durante estos días) en las calles más céntricas de la capital de España, se ha vivido otro de esos instantes mágicos que acostumbran a pasar a la memoria del imaginarium colectivo. Los temidos antisistema de la Policía Nacional, centro de las iras de los ciudadanos durante el último año por su recurrente crudeza y represión, se han quitado los cascos en señal de solidaridad frente a la avalancha de empleados públicos que protestaban ante el Congreso. El gesto ha sido recibido con una cerrada ovación por parte de los manifestantes, e incluso algunos policías han sido víctimas involuntarias de la emotividad del momento.


Funcionarios, indignados, parados y miembros de la policía nacional fundidos en un mismo aplauso. Algo muy grande está empezando a pasar. El pueblo se ha levantado contra una casta dirigente enquistada y parasitária que lleva exprimiéndolo con impunidad durante décadas. Esta vez no va en broma: estamos ante un momento histórico. España ha dicho basta.

Somos los de abajo, y vamos a por los de arriba.


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